En algunas zonas de los Ancares, al carnaval se le llama entroiro. Y no es un detalle menor. El nombre habla de una fiesta profundamente ligada al territorio, a la lengua y a una forma de entender el mundo en la que lo colectivo, la burla y la transgresión tienen un papel central.
En lugares como Piornedo o Navia de Suarna, el entroiro no giraba en torno a una figura concreta o un personaje único, sino a una idea compartida: desfigurar el cuerpo y la identidad para romper, durante unos días, con el orden establecido.
Desaparecer para convertirse en otro
Lo esencial del entroiro era que nadie te reconociera. Para eso valía todo lo que hubiera en casa: ropa vieja, trapos, piezas gastadas, los llamados milfos o maranfaños. Los hombres se disfrazaban de mujeres y las mujeres de hombres, borrando las normas habituales y jugando con la confusión.
Las caras se cubrían con cajas de cartón, paños, pañuelos o caretas hechas a mano. Se pintaban con óxido de las ollas, se añadían bigotes de lana de oveja y, más adelante, llegarían las caretas propiamente dichas. El cuerpo se transformaba por completo: no eras tú, eras el entroiro.
Correr el entroiro por las aldeas
En Navia de Suarna, los fuliqueiros se reunían para correr el entroiro dentro de una misma parroquia, por las aldeas. Iban de casa en casa haciendo fiesta, música y también algunas falcatruadas, siempre dentro de ese juego colectivo que la comunidad entendía y aceptaba.
Llevaban cestas con lo que se iba recogiendo: filloas, comida, productos que les ofrecían en las casas. A veces, los propios disfrazados les ponían hilos o hacían pequeñas travesuras, porque el entroiro también era eso: invertir las reglas, reír y provocar. Si alguien protestaba, había una frase que lo explicaba todo y lo justificaba: “que te parezca bien, que te parezca mal, estamos en vísperas de carnaval” (si se hacía en los días previos a estas fechas) o, llegado el día, eliminando la palabra “vísperas” de la frase.
Esa expresión marcaba un tiempo diferente, en el que las normas se relajaban y la comunidad aceptaba el exceso y el anonimato como parte de la fiesta.
Piornedo y el fuego del entroiro
En Piornedo, el entroiro conserva elementos muy singulares que lo hacen único. Aquí destaca el uso de las fachas, similares a los fachóns pero más pequeñas. Son varas largas forradas de paja que, por la noche, se encendían con fuego.
Con ellas, los maranfallos subían hasta un lugar del monte donde ya había leña preparada. Allí se hacía la fogata y el fuego se convertía en el centro de la celebración. Las hogueras se colocaban en sitios visibles y había cierta competencia simbólica: todos querían que la suya fuera la más grande.


Después del fuego venía la cena compartida, con los productos que les habían dado a los maranfallos cuando iban pidiendo por las casas, un momento de encuentro y comunidad que cerraba la jornada.
Pedir, compartir, celebrar
Tanto en Piornedo como en Navia, durante el entroiro se iba por las casas pidiendo. Les daban dinero, huevos, chorizos… No era pedir por necesidad, sino un gesto ritual, una forma de reforzar los lazos entre vecinos.
El entroiro era fiesta, pero también era relación, comunidad y pertenencia. Un tiempo en el que todo el mundo participaba, de una forma u otra, y en el que la risa y la burla tenían un papel fundamental (pintadas con tiza, colas colgando de la espalda…).

Hoy, recordar y contar cómo se vivía el entroiro en los Ancares es también una forma de cuidar el patrimonio inmaterial de un territorio que sigue muy vivo. Estas prácticas hablan de un rural activo, creativo y lleno de significado, donde la fiesta no era espectáculo, sino parte de la vida.
El entroiro en los Ancares no era solo disfrazarse: era desaparecer para volver a aparecer de otra forma, juntos, alrededor del fuego, la música y la comunidad.



